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Los recordados justo a tiempo:

Dejé el puesto cien en blanco porque sabía que iban a quedar por fuera obras, personajes y autores que admiro, pero que no siempre recuerdo. Es, por lo tanto, lo último que escribo de estos fantasmas que en 2002 el director e inventor de esta página, Germán Pardo, me sugirió (mejor sería decir "me ordenó", "me ordena") que escribiera.

Y descubro, entonces, que he olvidado La lengua de las mariposas, el cuento de Manuel Rivas, que tienen un último párrafo asfixiante; La vida secreta de Walter Mitty, de James Thurber, que Luis Fernando, mi amigo poeta, me presentó; Máscaras venecianas, el cuento de Adolfo Bioy Casares, que viví hace unos días; El extranjero de Albert Camus; las penas del joven Werther; la Bola de sebo de Guy de Maupassant; el ramo azul de Octavio Paz; los infiernos de Conrad, Rimbaud, Verlaine, Mallarmé y Baudelaire, que poco a poco vuelven a interesarme después de padecerlos, como un lugar común, en la universidad; una extraña, arriesgada, devastadora novela de un autor poco conocido, Stephen Koch, titulada La novia de los solteros; la sensibilidad de Felisberto Hernández, el oído de Bryce Echenique y la distancia de Monterroso. 

Descubro que debo reconocerle su parte de mi educación al decadente payaso Bozo, que me atrapaba todas las mañanas, gracias a la antena parabólica, después de un programa sobre el mejor blanqueador de todos los tiempos: Didi Seven; a las comedias malas, muy malas, que aún colecciono, y que me divierten mucho más que las obras maestras; a una frase de una película de John Boorman: "las penas de amor duran quince días"; la pintura de Jean Van Eyck que jamás recuerdo por su título; la voz operática del triste Roy Orbison; el sonido que consigue, siempre, Jeff Lynne; y, sobre todas las cosas, la música sagrada del Mozart vulgar, común y corriente, que Milos Forman presenta en su película. El actor Harrison Ford; la angustia de El ladrón de bicicletas; la confusión de 8 y medio, que nos hizo dormir profundamente la primera vez que la vimos, y que ahora, misteriosamente, es el título de nuestro refugio en Internet: www.ochoymedio.info; la terrible angustia de Marathon Man; el temblor y el espacio abierto de las películas de Stanley Kubrick; el pulso de gran director de Peter Weir, Robert Altman, Neil Jordan, Joel Coen, Ethan Coen, Mike Nichols, Milos Forman, Roman Polanski, Billy Wilder, Peter Bogdanovich, Brian de Palma; el sueño que Akira Kurosawa, un gran artista, tuvo con Vincent Van Gogh; la asfixia de las tragedias de Bergman, que cada vez me gusta más; El silencio de los inocentes, la estupenda película de Jonathan Demme, que tiene esa secuencia modélica del comienzo: quizás se pueda aprender a hacer cine viéndola.

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El loco de Pablo Picasso:

Está en el museo de Picasso en Barcelona. Antes de haberlo visto, había estado pensando en escribir algo sobre un tipo idéntico al del dibujo. Entonces, cuando me lo encontré por primera vez, en una mesa del museo, me di cuenta de que no era capaz de hacerlo. La razón era esta: que había otro loco, el Loco Cacanegra caricaturizado por José María Espinosa, que tenía pendiente desde que veía su imagen en los pasillos del apartamento 603 de La Gran Vía. Que ese loco, Cacanegra, era mucho más cercano.

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Cae una hoja de e.e. cummings:

Caligrama del poeta norteamericano e.e. cummings, de comienzos del siglo veinte, que consigue contener el mundo: tal cual. Es un gran poema, ¿no? Sé que los caligramas pueden ser molestos, pretenciosos, arrogantes, pero este, en particular, me parece un modelo de sencillez. En la línea vertical dice: s(una hoja cae) ol. En la horizontal: edad. Nada más. La soledad, la edad, la hoja que cae. Es suficiente. Llegué a leer a cummings, con minúsculas, por un poema que aparecía en Hannah y sus hermanas, de Woody Allen. Todavía me acuerdo de un verso: "ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas", dice.

97

Pobby y Dingan:

Luis Fernando me presentó este libro. La idea es conmovedora, única, y tiene ese tono honesto e incómodo que me gusta tanto, que le gusta tanto, mejor dicho, a cierto tipo de lector que encontró en las historias de Salinger el refugio que estaba buscando. Y que es una queja constante que, en el fondo, es una digestión. Un poco más limpia y sana, pero digestión al fin y al cabo. Si alguien me pide una recomendación, si alguien me pregunta qué leer, que de tanto en tanto alguien me lo pregunta (muy de tanto en tanto, aclaro), se me viene este libro a la cabeza por su simpleza brillante, por su pureza.

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El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad:

Definición de diccionario, de enciclopedia: novela corta de Joseph Conrad en la que Marlowe, el personaje de siempre del autor, remonta un río para llegar al horror. Tuve una clase sobre Conrad en la universidad: es un milagro que no haya quedado odiando esta novela. Kurtz, el verdadero personaje central de la historia, grita, al final, "el horror, el horror": de eso me acuerdo casi todos los días cuando salgo a la calle. De eso, y de la terquedad de los personajes, de la resignación, mejor, ante su oficio, y de la sospecha de que no hay mucho más en la vida aparte de llevar a cabo un trabajo que dé nombre, que dé voz.

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Pink Floyd:

Primero, me recordaba a mi hermano. Después, me hacía pensar en las depresiones, en espirales que suceden en la cabeza y tormentan que pasan cuerpo adentro,  y en que lo mejor es enfrentarlas con canciones que sepan decirlo, que sepan llevarle el ritmo. Hay dos canciones de Pink Floyd, dos en especial, que siempre me han fascinado, que siempre me han dicho más de lo que podría yo decir: What Do You Want From Me? y Comfortably Numb. ¿Qué mas puedo decir sobre Pink Floyd? Que puede ser duro a veces, sí, porque es música y es verdadera y dice lo que ocurre en una vida, pero vale la pena y salva de suicidios. Que los pretenciosos fanáticos, tan fanáticos y dañinos como los de U2, no nos alejen nunca de sus canciones maestras.

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Olafo, el amargado de Dick Browne:

El vikingo amargado de las tiras cómicas, que soporta a una esposa gigantesca, Helga, a un hijo sensible, Hamlet, a una hija enamoradiza, Astrid, a una mano derecha que parece izquierda, Chiripa, y a un brujo mitad médico, mitad siquiatra, que se llama el doctor Zocotroco. De tanto en tanto pienso en un cómic de Olafo, en una historia de Olafo, que pocas personas más parecen conocer, quizás sólo millones: en esa aventura, en cualquier caso, el vikingo comprueba que la tierra es cuadrada. Me siento identificado con él, con Olafo, porque nadie nos cree nunca que estemos trabajando, y estamos convencidos, los dos, de que el mundo sigue siendo plano.

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La vida de Brian de Monty Python:

Brian nace en el pesebre de al lado del pesebre de Jesús, el pesebre que sabemos, y sospecha, hasta el final, que es el hijo de Dios o al menos un hijo de. Sólo Monty Python, el grupo de humoristas geniales que de los 60 a los 80 hizo tantas barbaridades brillantes, podría pensar una trama como esa. Está a la altura de Mel Brooks, de Spike Milligan, de Peter Sellers, de Woody Allen. Mi amigo Daniel me la trajo de Estados Unidos. Me dijo: "es Les Luthiers, pero en Inglaterra". Me morí de la risa cuando la vi. Si uno quiere una metáfora de la vida, y ese tipo de cosas, siempre será útil la última escena de esta comedia: los hombres a morir en la cruz cantan, felices, Always Look At The Bright Side Of Life.

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Quino y Mafalda:

O Joaquín Lavado, el inventor de Mafalda y autor de varios libros de caricaturas. Entre estos, A mí no me grite y ¡Qué mala es la gente! Ahora tiene una página web propia que vale la pena ver en http://www.clubcultura.com/clubhumor/quino/espanol/index.htm Mi mamá me trajo de Cali un libro de Mafalda, 10 años con Mafalda, porque me veía obsesionado con los cómic: fue una revelación. He aquí humor negro de fondo. Sí, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, Archie y Lorenzo y Pepita estaban muy bien, pero esto era increíble: el Ciudadano Kane de las tiras cómicas. Mi mamá lo consiguió, y alcanzó su cometido: dejé de leer Condorito. O al menos esa era la versión oficial.

91.9

Michael Jackson:

Quién no lo sabe. Hasta los niños de cinco años lo han visto en todas partes. Es el brillante cantante americano que ha encarnado, por iniciativa de su propia cabeza de fenómeno de circo, el mal de los tiempos que vivimos: un hombre negro de 50 que, a fuerza de tantas cirugías plásticas, bien podría haber sido una mujer blanca de 24 años: el ser humano así, en génerico, con sus defectos a la vista. Es con Disney, con Spielberg, un fantasma que todos tendremos que reconocer en algún punto de la vida: lo primero que pienso, cuando pienso en Jackson, es en mi hermano: en los 80, la era de mi hermano, este señor era el rey (recuerdo Say Say Say, We are the World, el video de Thriller, los casetes grabados de radio), pero lo que más me conecta con esta música y este personaje es ver a Eduardo, a mi hermano, buscando el casete de Bad en una tienda del Miami de 1987, comprando Dangerous en el Sanandresito de 1991, y perdiendo el interés en el París de 1995, a fuerza de enfrentarse con la realidad. 

91

Philip Glass:

Changing Opinion, la canción que compuso con Paul Simon, con la letra de Paul Simon, se me vuelve una película, un cuento, una novela: un "nosotros" (un "we") busca por toda un apartamento qué está sonando, qué es ese ruido que no los deja en paz. Es suficiente. Es todo. ¿Qué es ese zumbido, zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz, que choca contra las paredes y se desliza por debajo de las puertas y se mete por las rendijas y las orejas y la ropa? Es el sonido de la opinión que va cambiando, dice la canción, pero fue el sonido de una pareja que no tiene nada que decirse, de un par de hermanos a los que los une un pasado como una guerra. En fin. Creo que hay que hacer algo con esto.