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Amor constante más allá de la muerte de Francisco de Quevedo:

Todas esas frases sobre la literatura son más bien penosas, pero alguien dijo esto: que si el poema es la forma más pura de la literatura, la cuerda floja de lo literario, escribir sonetos es hacer equilibrismo, jugarse la vida. No hay nada tan malo como un mal soneto. Y el mundo está lleno de sonetos malísimos. Los del Siglo de Oro español parecen insuperables. Los de Quevedo siempre son irónicos, extremos, contundentes: "su cuerpo dejarán, no su cuidado; serán ceniza, más tendrán sentido; polvo serán, mas polvo enamorado". Juan Felipe Robledo y Daniel Samper Pizano, en Colombia, hicieron dos buenas antologías. Aún se consiguen.

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Soneto sonetil de Lope de Vega:

Soneto de Lope de Vega, el poeta español del Siglo de Oro, que es una de las siete maravillas del mundo. No sé si sea el mejor soneto que se ha escrito, pero sí, sin duda, es lo que llaman una obra maestra. Un soneto sobre escribir sonetos. Antes de 8 y 1/2, antes de La noche americana, y al tiempo que Las meninas, el Soneto sonetil se reía del oficio dominándolo. Quien no lo haya leído, debe leerlo. Ya. Ahora. "Un soneto me manda a hacer Violante, y en mi vida me he visto en tanto aprieto; catorce versos dicen que es soneto, burla burlando van los tres delante".

58

Ensayo sobre la ceguera de Jose Saramago:

Toda la ciudad se queda ciega en esta novela agotadora y desmedida y delirante escrita por el estupendo José Saramago. Y "agotadora", "desmedida" y "delirante" son elogios para mí: tienden a gustarme las películas y las canciones y los libros que no se contienen, que se desmadran con dignidad. Yo no conozco tan bien la obra de Saramago. He leído tres libros y ya. Espero leer los demás. Pero lo que sí sé es que cuando leí Ensayo sobre la ceguera, quedé con la boca abierta. Todavía no la he cerrado: las imágenes dolorosas, la voz que narra, el disco amarillo que se ilumina en la primera frase del libro. Todo funciona.

57

La canción de amor de J. Alfred Prufrock de T.S. Eliot:

Poema de T.S. Eliot. De 1917. Los poemas narrativos (aunque, bueno, todos cuentan algo de alguna manera) me gustan, me conmueven. Las historias, cuando están contadas en versos borrosos, cuando están sugeridas en versos, me parecen ilimitadas. Y esta, la de ese hombre gris y triste llamado Prufrock, me conmueve de verdad. El último verso, al menos, sigue acá: "hasta que voces humanas nos despierten y nos ahoguemos".

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Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi:

Un viejo periodista cultural se enfrenta a la energía literaria y política de un periodista joven. Leí esta novela de Tabucchi, y La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, en las vacaciones de final de año de 1996. Pereira, el personaje, me recordó que ese tipo de personajes son los que encuentra uno en una gran novela. Esta lo es, claro. Tiene teorías secretas, momentos de tensión, una historia de amor difícil de encontrar, pero sobre todo tiene a Pereira, ese señor que tuvo que haber existido, que es seguro que existe.

55.5

La primavera de Sandro Boticcelli:

El óleo de Sandro Boticcelli se encuentra en la galería de los Ufizzi, en Forencia, Italia, y aun cuando no fue ignorado en tiempos de los Médicis, fue un poco abandonado, más bien abandonado -quizás por la constante comparación con la obra de Leonardo y Miguel Ángel- hasta la revisión que, en el siglo 19, hicieron los prerrafaelistas. El rostro de Simonetta Vespucci es maravilloso. Tengo una pequeña copia de la alegoría de la primavera al lado de mi escritorio. Podría verlo a toda hora.

55

Leonard Cohen:

Tomó la decisión de cantar sus poemas y pronto terminó atrapado en el vasto, borroso, extraordinario mundo de la música popular. Famous Blue Raincoat es una de mis canciones favoritas. Everybody Knows me parece la verdad revelada. Take This Waltz, Coming Back To You, In My Secret Life: todas son profundamente tristes, pero intentan entrar, como la filosofía zen, en el fondo de todo, en el camino que va a dar al silencio. La voz grave de Cohen y sus palabras, que tienen que ser el estudio de años y años de buscar las correctas, son insuperables. Cada vez me gusta más. Cada día.

54

El doctor Jeckyll y Mister Hyde de Robert Louis Stevenson:

Cuenta Robert Louis Stevenson, en 1886, cómo un científico logra encarnar su propio mal gracias a una extraña fórmula que descubre. Siempre tuve muy clara la historia (pasa con esas historias como la del Quijote y la de Pinocho y la de Anna Karenina, que uno las conoce antes de haberlas leído), pero cuando finalmente la leí, hace más de dos años, descubrí que era, también, una novela apasionante. Stevenson es, me parece, aunque cada vez me siento menos capaz de afirmar nada en estos temas, uno de los mejores autores que uno pueda leer: su ensayo sobre el ocio, que no es tan popular como, por ejemplo, La isla del tesoro, es una pequeña obra maestra: si todos dejáramos de trabajar, el ocio no nos aburriría.

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Tengo estos huesos hechos a las penas de Miguel Hernández:

Daniel se lo sabe de memoria. Y yo, a la larga, puedo intentar, pero el caso es que gracias a él los poemas de Hernández -y, de paso, los de Pedro Salinas y los de César Vallejo- siguen pareciéndome sobrecogedores, imposibles cada vez que me los encuentro. Este soneto, cuyo primer cuarteto dice, si mal no recuerdo, "tengo estos huesos hechos a las penas / y a las cavilaciones estas sienes, / pena que vas, cavilación que vienes / como el mar de la playa a las arenas" (sé que algo no recordé como es), me produce una tristeza que me ayuda. Eso es posible, ¿no? Una tristeza que me ayude. Una tristeza que sirva.

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Balada del perdón de Francois Villon:

Francois Villon, poeta parisino que nació en 1431, escribió esta balada que es, en verdad, un estupendo ataque al mundo. Por su tono, por su descaro y su valentía, parece vivir a la vuelta de la esquina. Bueno, la mitad de las versiones dicen que se la pasaba con criminales, pero tendía a estar arrepentido. Es un hombre. Débil, herido, enfermo. Y eso no es fácil de encontrar. ¿A quiénes les pide su humilde perdón? A los medigos, a los paseadores, a las cortesanas, "a las muchachitas que enseñan las tetas", a los ladrones, a todos, aunque quisiera "tirarles eructos y pedos". No, no lo hace: lanza, claro, peores cosas que esas.

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No me pertenece la juventud de Walt Whitman:

Whitman es un gran poeta, y este poema, cuyo final me resulta imposible de olvidar, "y en los intervalos de espera o en medio del campamento he compuesto estos cantos", es el que más me ha impresionado de los suyos. No tiene la fuerza de los más conocidos, pero dice, de alguna manera, la verdad. El título ya es un poema.