LUCY LORENA LIBREROS HABLA DE ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA

Algo debe andar muy mal en este país para que el Negro Manosalva suplique en voz alta: “Que mi mami no me entierre, Dios”. Para que ese mismo soldado, fusil terciado al hombro, se quite “las gotas de sangre de los párpados como si hubiera estado llorando”. Y para que, páginas más arriba, alguien nos narre la escena de un marrano salvaje que aparece con un brazo de mujer entre los dientes.

Algo tan malo como lo que les ocurrió a los habitantes de El Salado, allá en Bolívar, en febrero del 2000, cuando los paramilitares hicieron de una masacre una fiesta amenizada con gaitas. O como lo que padeció un centenar de pobladores de Bojayá, una década atrás, que buscaron refugio en una iglesia de los cilindros bombas que parecían llover del mismísimo cielo, pero que al final, inermes, murieron a los ojos de Dios.

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