Bogotá va al cine

El cine colombiano está lleno de historias que suceden en Bogotá. Pero no podría decirse, como se dice cuando se piensa en los novelistas que usan la ciudad como escenario, que alguno de nuestros cineastas haya construido una Bogotá mítica, una Bogotá personal, de película en película. Tomemos, como ejemplo, a Nueva York: el cine neoyorquino es el rompecabezas que forman, entre otros, las personalísimas miradas presentes en las comedias de Woody Allen, los dramas de Martin Scorsese y los alegatos de Spike Lee. ¿Puede decirse, a pesar de que muy pocos directores bogotanos tienen una filmografía numerosa, que las producciones hechas acá han armado algún rompecabezas? Tal vez sí. Pero ¿nos ha enseñado alguno de nuestros realizadores a ver la ciudad de otra manera?

No creo. No creo que nos digamos nunca, cuando vamos por las calles de la capital, "esto parece de una película de Sergio Cabrera".

La aproximación de nuestros cineastas a Bogotá ha sido siempre realista: casi documental. Ello no significa, sin embargo, que no podamos hablar de las narraciones que han sido filmadas en este extraño lugar.

En un primer momento, desde el principio del cine hasta finales de los años 50, la Bogotá de las películas (o bueno: la Bogotá de las escasas películas que se conservan) parece una colonia romántica: Aura o las violetas (1924) de Pedro Moreno Garzón y Vincenzo Di Domenico, la primera producción bogotana de ficción, deja ver lo poco que quedaba de sentimentalismo en la clase media de la ciudad; el melodrama El sereno de Bogotá (1945) de Gabriel Martínez, ya en la era sonora, trataba de capturar la triste figura de un anciano vigilante de la noche; La frontera del sueño (1957) de Esteban Sanz pintaba a la ciudad de los cincuentas como un lugar lleno de insomnes en el borde de la locura.

En una segunda etapa, desde los 60 hasta hoy, la Bogotá de las películas es el lugar al que van a dar los desplazados de la violencia, el escenario ideal para la crónica roja y la ciudad cosmopolita habitada por una gente que se le esconde a los peligros de la calle: una curiosa Bogotá de posguerra en plena guerra.

Esa ciudad neorrealista, que es un monstruo que se traga a los seres más pequeños, aparece en una serie de películas memorables: Raíces de piedra (1963) de José María Arzuaga sigue, en un deprimido barrio del sur, a un ladrón que trata de conseguirle a su amigo unas pastillas antes de que muera; La estrategia del caracol (1993) de Sergio Cabrera logra que los oprimidos inquilinos de una pensión se venguen, de manera limpia, de sus arrendadores implacables; La primera noche (2003) de Luis Alberto Restrepo registra la llegada de un par de desplazados que llegan a la ciudad como un último recurso; La sombra del caminante (2005) de Ciro Guerra retrata al centro de la capital como un barrio apocalíptico; y Buscando a Miguel (2007) de Juan Fischer obliga a un niño rico detestable a vivir en los márgenes infernales de la urbe.

Aquella ciudad de diario sensacionalista, que es una tras escena plagada de levantamientos de cadáveres, aparece en las producciones más contundentes de la lista: Semáforo en rojo (1964) de Julián Soler hace pensar que en cada esquina puede esperar un crimen; El taxista millonario (1979) de Gustavo Nieto Roa condena a un chofer con el hallazgo de una cantidad de dinero mal habido; La gente de la universal (1994) de Felipe Aljure nos lleva por los recovecos de la ciudad para demostrarnos que todo se reduce a peligrosos triángulos amorosos; Cómo el gato y el ratón (2002) de Rodrigo Triana nos hace ver de cerca una tragedia de barrio; La historia del baúl rosado (2006) de Libia Stella Gómez nos recuerda que ha habido sordidez desde que ha habido bogotanos; y Satanás (2007) de Andi Báiz revive el mito del asesino salvaje de El Pozzeto a partir de la novela de Mario Mendoza.

La Bogotá íntima, que evita a toda costa los peligros de la calle, aparece en obras menos interesantes: la comedia Préstame tu marido (1973) de Julio Luzardo juega con aquellos personajes de provincia que se reinventan en la capital; La abuela (1981) de Leopoldo Pinzón trata de traducir el mundo de Hitchcock a la realidad de la clase media bogotana; y Los elegidos (1984) de Sergio Soloviev se asoma a las clases altas de la ciudad con más morbo que talento. Sólo la magnífica Confesión a Laura (1987) de Jaime Osorio consigue resumir, en la imagen de un par de viejos encerrados durante los disturbios del 9 de abril, ese temor que es una forma de ser bogotana.

Algo puede concluirse sobre Bogotá, algún mapa de la ciudad puede trazarse, si uno hace la tarea de ver todos estos largometrajes. No obstante, tendríamos que recurrir a la televisión (la televisión ha logrado, en Colombia, lo que no han logrado ni el cine ni la literatura: darnos una cultura en común) para completar el panorama: Don Chinche anticipó una Bogotá en la que cabía el país, Dejémonos de vainas se rió de una clase alta bogotana que hace lo que puede para hacerse pasar por clase media y Yo soy Betty, la fea hizo un tour por las prejuiciosas clases sociales bogotanas.

Decía que ninguno de nuestros cineastas ha construido una Bogotá personal en sus películas. Quizás no sea cierto. Porque en los últimos diez años el productor Dago García ha revisado, de obra en obra, la Bogotá de la clase media iletrada. Esas familias numerosas siempre dispuestas al carnaval, ingeniosas para el humor pero torpes a la hora de enfrentar las cosas a largo plazo, son retratadas con afecto en producciones como La pena máxima (2001), El carro (2003) y Las cartas del gordo (2006). Es una lástima, no obstante, que la mirada de García no nos diga nada nuevo de la ciudad. Es penoso que su capital sea tan parecida a la real. Y es lamentable que la calidad de las narraciones se acerque, en el mejor de los casos, a la mediocridad.

Podríamos tener, a estas alturas, una Bogotá para buscar en la Bogotá que vivimos desde que el día comienza. Pero no se puede tener todo en la vida.

© 2008, Ricardo Silva Romero y La Hoja de Bogotá