Que descanse en paz Julio Nieto Bernal

Me he vuelto a ver, en estos días lentos, esas elegantes comedias del viejo Hollywood que se anticipaban al imperio del egoísmo, a la llegada del capitalismo extremo, a la derrota de la democracia: he visto cosas como Born Yesterday, Stalag 17, El hombre que vino a cenar, Dinner at Eight, The Philadelphia Story, Holiday o Its a Wonderful Life. Y, porque he querido comentarlas con alguien, porque he pensado que tener amigos es lo único que podemos hacer para soportar esta era oscura, me he dado cuenta de la falta que hace Julio Nieto Bernal seís días después de su muerte.

Veía a Julio en los preestrenos de todas las películas que se presentan a Colombia. Y, después de renegar del sombrío estado del país (de cómo habíamos perdido la libertad sin darnos cuenta), siempre hablábamos unos minutos antes de que comenzara la función de todos los proyectos que teníamos pendientes: la producción de la versión cinematográfica de La siempreviva, la filmación de El falso Botero, el sueño de un musical que tenía en mente desde que vio Moulin Rouge.

Para mí era un honor. Lo conocí unos seis años antes en un programa de radio. Y desde entonces, y gracias a una amiga mutua, comenzamos a hablar de vez en cuando por teléfono, de vez en cuando en su apartamento en la 70, de vez en cuando a la salida de las películas que digo, de todas las ideas que tenía en la cabeza. Podía pasar que me llamara a las 7 de la mañana, al final del sueño, a preguntarme si ya había leído el New York Times. Podía pasar que me lo encontrara en algún café de por ahí discutiendo con sus amigos el horror de Colombia. Así que daba por sentado que siempre iba a poderle decir alguna cosa que se me había olvidado decirle.

Ya debería haber aprendido que así pasan las cosas. Que la mitad de la vida queda para la vida siguiente. Pero me dolió mucho que se fuera. Y me dolió no haberlo visto en diciembre.

Y el día de su entierro me di cuenta de que era uno de esos hombres que todos veíamos de la misma manera: un hombre que había logrado el milagro de ser siempre el mismo hombre: un periodista honesto, claro e inconforme que trataba a todas las personas que se cruzaba con una generosidad que sólo se ve en las películas del viejo Hollywood que he estado viendo.

Dijo lo que vio. Siempre declaró lo que pensaba. Se les enfrentó a las multinacionales sin temerles a las consecuencias. Se les enfrentó a los abusadores porque era el orden de las cosas. No le jugó el juego al capitalismo vacío ni cayó en los odios que los mezquinos capitalizan. Les sonrió a todos sus colegas en las salas de cine.  Y, como productor de películas, como escritor de libros valientes, como voz de la conciencia en las radios de tantas personas confundidas, fue siempre generoso.

No es fácil ser generoso, como era él, en este mundo. Quise decirle eso apenas terminé de ver Born Yesterday. Quise decirle "todo lo que dices siempre, lo de la solidaridad versus el egoísmo, está en esa comedia". Ahí, en Born Yesterday, en It’s a Wonderful Life, en Holiday, se nota que las multitudes del mundo se han desbocado por el camino de la cadena alimenticia: que la sociedad sigue siendo una pirámide. Y ser generoso es toda una declaración de principios.

Sí, nadie puede quitarnos el placer de la resistencia: creo que esa es la lección que a punta de cine, a punta de libros, a punta de buenas palabras, ha dejado la vida de ese hombre que no nos mintió nunca. Sé que así son las cosas. Pero hubiera querido decírtelo.