Los sonetos de Angel Marcel

Tengo que decir que mis relaciones con las cosas artísticas son como son gracias al poeta Angel Marcel. Si la obra de arte fuera una persona, sería Marcel el siquiatra que me hizo quererla tal como es: sin forzarla para que me resuelva, con ese respeto que lleva a exigir lo mismo que se da, conciente de que la responsabilidad es siempre mía. Lo mejor de Marcel, más allá de que sea un sonetista brillante o un maestro que transforma al que quiera, es su sentido del humor: la única crítica que podría hacérsele al respecto es que le pegue a uno el ataque de risa en los peores momentos. Yo estoy orgulloso de ser su discípulo sin (por el momento) haberlo vendido tan barato ni haberlo negado tres veces y me pone bien saber que ahora es mi amigo y que no me pide plata ni nada. Me deja leer sus poemas, sus cuentos y sus ensayos. Y he querido publicarlos para que la gente no se pierda semejantes maravillas. Yo creo que lo más importante que he aprendido sobre libros lo he aprendido oyéndolo (por ejemplo: que no hay que acumularlos sino leerlos bien). Sé que Jorge Salazar y Luis Fernando Afanador han completado la educación. Ni más faltaba. Pero siempre que leo o que escribo trato de que el mundo funcione como los sonetos de Marcel. Que rime. Y que uno se quede quieto cuando llegue a la última línea. Estos me los mandó esta mañana. Y, como siempre, me parecieron un par de voces perfectas para no extraviarme en las tantas cosas que siento.

Un resplandor de cera te sofoca

Ave en pena serás, cometa loca,
pájaro a la deriva sin el Nilo
que al África te amarre, sin el hilo
que sujete tus naves a la roca.

Un resplandor de cera te sofoca
contra el cielo de un Ícaro tranquilo,
puras cenizas de ángel sobre el filo
de un mundo hecho pasión. El sol te invoca

del llano al mar y de la mar al monte,
del monte a los afanes de la sierra
en un viaje de fuego y sin escalas.

Amor sin centro, amor sin horizonte,
duro el golpe será contra la tierra
si en el vuelo prescindes de tus alas. 

Y el lucero en su gesto se congela 

No hemos de ser nosotros los que en vano
tiñamos de amaranto la azucena;
ella sabe que vive porque estrena
una rosa dormida entre su mano. 

Ella sube a la tarde más temprano,
mientras, paciente, enjuga nuestra pena;
ella sueña que baja a la serena
plenitud del invierno y del verano.

No hemos de ser nosotros los que, en vela,
demos cuerda a las horas de la ira;
la luna resplandece noche adentro,

y el lucero en su gesto se congela,
pues al decirle adiós ella nos mira
con ojos que anticipan otro encuentro.