Cosas que pasan en Colombia

La pequeña Colombia queda en el mundo. O sea que el turista extraterrestre que se anime a visitarla hallará en sus más recónditos lugares, en sus bellos pueblitos artesanales, en sus exóticas ciudades en obra negra, en sus hospitalarias oficinas trapeadas hasta el cansancio, los mismos gestos humanos que podrá encontrar en los países que han protagonizado la historia del planeta. En Colombia también se cometen los siete pecados capitales. En Colombia también se hace todo lo posible (enamorarse, dedicarse a un oficio, reproducirse, acumular dinero, conseguir una amante con garras, afiliarse a alguna religión, contratar el más económico servicio de televisión por cable) para darle algún sentido a las cosas que pasan en la vida. En Colombia se hace el ridículo igual que en cualquier punto que el visitante alienígeno señale en el mapamundi. Sus nativos no tienen nada demasiado especial ni carecen de nada demasiado raro. Pero si uno se empeña en buscarles diferencias con los austríacos, los coreanos o los kenianos, quizás descubra que han desarrollado especialmente estas características de la especie: 

Primero: El arribismo: El día en que los perfumados líderes criollos redactaron la declaración de independencia, aquel 20 de julio de 1810 en el que los bogotanos prehistóricos se atrevieron a gritar “¡abajo los españoles!”, no se quejaron de los abusos del pueblo invasor tanto como de los pocos puestos que les ofrecían dentro del gobierno. Quedó claro, desde entonces, que al colombiano no le interesa hacer parte de un país: que lo que en verdad le importa es explotarlo, sacarle toda la plata posible, ponerlo a rendir igual que una finca, como si no fuera el conquistado sino el conquistador. Quedó claro, también, que le gusta presumir de extranjero. Decir, como los independentistas, “yo tengo un amigo en España”. O, como los libertadores, “yo tengo un amigo en Estados Unidos”. O, como los demás, “yo soy de este club”, “yo pienso en otro idioma”, “yo he ido a Disney”, “yo no leo los libros de acá”, “yo conozco el Taj Mahal”. Préstese especial atención al trato que se les da en territorio colombiano a los europeos o a los gringos o a los japoneses: la gente aplaude de pie las obras de teatro que no entiende, se arrodilla cuando pasa un francés que mira de reojo, puede citar barrios de Nueva York que ni siquiera los neoyorquinos conocen. El arribismo es el origen de la lobería, ese intento fallido de alcanzar la elegancia, que se da en todas las clases sociales: es tan lobo el maestro de ceremonias de fiesta de quince que habla melodiosamente como el magnate de estrato seis que se burla de lo colombiano como si fuera europeo. 

Segundo: Estereotipos: Los gobiernos colombianos se preocupan especialmente porque los pequeños colombianitos vayan a colegios que les estimulen la ignorancia: es decir, la idea de que es una lástima no haber nacido en otro país, la convicción de que hay que darles las gracias a los gobiernos por todo lo que hacen por nosotros, la seguridad de que la vida está hecha para sobrevivirla. El objetivo es, en resumen, que salgan a la realidad pensando que el mundo es muy simple. Que hay unos buenos y unos malos. Que, aparte de los mandamientos de la ley de Dios, aparte de las señales de tránsito, aparte de las reglas de educación que todos no sabemos (por ejemplo: no sonarse con las mangas), hay que hacer lo posible para cumplir con la ley del Talión: “ojo por ojo, diente por diente”. Que todos los hombres son perros. Que todas las mujeres son gatas. Que los de allá son ricos. Que los de acá son pobres. Que los ricos son malos. Que los pobres son buenos. Que los indios eran salvajes sabios hasta que los malvados españoles les enseñaron los vicios. Que los venezolanos son enemigos. Que los costeños son perezosos, los antioqueños son tramposos y los bogotanos son cobardes. Que el que no está con el presidente está contra él. Que el que discute en verdad está peleando. Que el que pelea está a punto de matar. El objetivo es, en resumen, que los demás sean una cosa sin nombre ni apellido. O sea un bicho exterminable.

Tercero: Héroes: Los pueblos maleducados, condenados a la ignorancia, mejor, por los gobiernos que quieren someterlos, suelen llenarse de héroes como los niños que no tuvieron padre. Los colombianos de todas las tallas, S, M, L, XL, se afilian a algún dios menor para que alguien les recuerde lo que un hombre puede hacer cuando tiene la suerte de su lado. Puede ser un santo, un cantante pop, un futbolista, un escritor o un político astuto. Puede ser una persona, una sola, en cada campo: el curita que daba su vida por los demás, la cantante pop barranquillera que triunfó en Miami, el futbolista chocoano que llegó al Real Madrid, el escritor exótico que vende más ejemplares en el mundo, el político mesiánico que sacó al país de las garras de la violencia. Se buscan en héroes, como se persiguen estereotipos, para simplificar el mundo. Nada mejor que tener héroes y villanos si se quiere controlar a una sociedad, si se quiere vivir sin perder tanto tiempo. Para qué perder las horas libres en la lectura de mil libros cuando con sólo leer uno puede armarse una cultura.

Cuatro: Complejo de inferioridad: Colombia se ofende por todo como una señorita fea: pone el grito en el cielo cuando alguna película de Hollywood habla de narcotraficantes antioqueños; se altera profundamente cuando los demás países les exigen visa a los colombianos; emprende campañas épicas para que los demás países la quieran como la quinceañera barrosa que quiere caerles bien a los más populares del colegio; se deja invadir por líderes que piensan que hay que darle cosas simples al pueblo porque es un pueblo simple; se resigna ante los malos gobernantes porque ya no hay nada por hacer; declara antipatriota a todo el que sea crítico con el sistema que ha cultivado desde la conquista; considera que el cine el país, el famoso cine colombiano, es todo un género cinematográfico; está completamente segura de que afuera no será entendido nada de lo que se haga acá, libros, películas o programas de televisión, porque “acá” sólo se hacen cosas costumbristas; pero jamás se queja de que alguna película estereotipe a los rusos o a los japoneses o a los gringos, jamás se altera cuando una banda de criminales colombianos roba en otro país, nunca declara costumbrista o ajena una novela que suceda en una aldea rusa del siglo diecinueve. Es puro complejo de inferioridad. Pura vergüenza porque sí que usualmente desemboca en arribismo, en chauvinismo o en resentimiento.

Quinto: Resignación: No hay, en Colombia, el espíritu de la protesta. Nos hemos acostumbrado, todos, al bajo perfil. Y a hacer las paces con la realidad antes de que se nos pase por la cabeza trasformarla. ¿Que el presidente se quiere quedar para siempre? ¿Que unos cuantos se han quedado con el dinero de todos? ¿Que se cometen crímenes a diestra y siniestra desde todos los lugares armados de la sociedad? Ni modo. Qué quieren que hagamos. Qué podemos hacer. Así son las cosas en el mundo. Así han sido siempre. Y así van a ser. Los profesores, los sacerdotes, las madres: todos están listos a enseñar la resignación –la paciencia que conduce al cielo- como una de las más grandes virtudes.

Sexto: Resentimiento: Hay un resentido en cada familia resignada. Es el que siente el estómago revuelto cuando pasa por primera clase en los aviones, el que está convencido de que lo único que sirve en el país son las palancas, el mismo que tiende a pensar que a los demás les va bien porque son una manada de arrodillados con los apellidos, los amigos o los capitales adecuados. Quizás no tenga la culpa. Es cierto que Colombia está construida, en forma de pirámide, para que a millones de personas les quede imposible llegar a alguna parte. En cualquier caso, hay un momento, en su vida, en que el resentido se cansa de hacer lo posible. Convierte el complejo de inferioridad que se le ha inculcado en ira pura. Y pacta, como el resignado, con la realidad. Pero, en vez de decir “Dios proveerá”, “vinimos a este mundo a sufrir” o “hay que dar las gracias por lo que se tiene”, comienza a decir “mi vida podría ser esa” como si el mundo fuera una vitrina en un centro comercial reluciente. ¿Han visto esos neonazis criollos que creen en la raza pura pero por la noche se empacan una buena frijolada? Pues es eso: a eso, a odiar a los demás porque no son como debería ser el hombre, lleva esa frustración que con tanto trabajo alcanzan los resentidos. Eso es: Colombia está llena de gente que siente que todos los demás le deben algo. 

Séptimo: Envidia: Cuenta el escritor Mario Mendoza que en una conferencia, en no sé dónde, un analista gringo explicó la diferencia entre el colombiano y el norteamericano de la siguiente manera: cuando un atleta estadounidense pierde una carrera, lo más probable es que piense “tengo que entrenar mucho más, mucho mejor, si quiero ganar la próxima competencia”; cuando un gimnasta colombiano llega de tercero, lo más seguro es que piense “no tendría nada de raro que ese tipo se haya comprado el primer puesto”. En Colombia hay tanta mediocridad como en el resto del mundo. Pero hay un poquito más de envidia, un poquito más de la normal, hacia los que producen alguna cosa. De hecho, la envidia es, si uno se detiene a pensarlo con calma, el móvil de los grandes crímenes de la historia patria.

Octavo: Pragmatismo: Cuando la resignación pierde el espíritu, decíamos, se trasforma en pragmatismo. Cuando la resignación se sacude la esperanza de llegar a una vida mejor después de la muerte, entonces aparece el pragmatismo. Ya lo sabemos. Ya lo hemos dicho. El resignado se dice “no hay nada que hacer: las cosas son así” hasta permitir los holocaustos. El pragmático, ese resignado ambicioso, lleva las cosas unos pasos más allá: le saca provecho al estado de las cosas, vende camisetas estampadas con la cara Tirofijo, se alinea con ejércitos privados para ascender la escalera del poder, le da a la gente lo que quiere (después de acostumbrarla a que es eso, nada más, lo único que le interesa), porque ha llegado a la conclusión de que la única ley que existe es la ley de la selva.

Noveno: Humor: Colombia se salvaba siempre porque todo el mundo andaba por ahí mamando gallo. El solemne era un idiota. El trascendental hacía el ridículo. El que entraba a una tienda sin jugar el juego, sin estar listo a responder una broma con otra mejor, era una vergüenza para la raza. Los últimos años, a punta de arribismos, estereotipos, héroes falsos, complejos, resentimientos, resignaciones, envidias y pragmatismos, el colombiano ha ido perdiendo el oído para el humor: cada vez le cuesta más reconocerlo. Tiene humor quien sabe leer entre líneas. Y los colombianos, en estos años de seguridades extremas, en estos tiempos totalitarios, han sido enseñados a leer de formar literal. Colombia es una parte literal del mundo. El turista extraterrestre lo notará de inmediato.

Décimo: Resistencia: Todo hombre aprende por el camino algo que nadie, nadie en el colegio, nadie en la familia, le advierte que tendrá que aprender: la resistencia. El colombiano sabe sonreír mientras se muere. Soporta. Aguanta. Sobrevive. Resiste. No importa el estrato ni el sexo ni la raza: todo colombiano tiene derecho a quejarse de algo. Y cada uno sabe armarse una familia, un pequeño grupo de amigos, un planeta interior, un cineclub lleno de monstruos, para enfrentar el país que se le viene encima de lunes a domingo. Es lo más humano, lo más conmovedor, de lo que pasa en Colombia. Que, en medio de la violencia que arrasa con todo, los unos acudimos a los otros para pasar la vida como se pasa una tarde.