Autogol: palabras en el lanzamiento

Muchas gracias a todos por venir: no hay nada como recibir la visita de las personas que uno quiere sin tener que lavar los platos al día siguiente. Muchas gracias, también, a mis dos presentadores: no tendría que decirlo, porque sé que todos acá admiramos a Enrique y tenemos fe en Jesús, pero es increíble que los dos lectores más brillantes sean al mismo tiempo los dos más generosos. Sé que, después de ponerles semejante trabajo, quedo obligado a acompañarlos a hacer vueltas bancarias o a sacar el pasado judicial (que en el caso de ellos no es muy extenso), pero tengo claro que cualquier sacrificio de verdad valdrá la pena. Porque, gracias a todo lo que han dicho los dos hace un momento, a mí esta noche sólo me queda hacerme en voz alta un par de preguntas: “¿cómo?” y “¿por qué?”.  Es decir, “¿cómo escribí esta novela?” y “¿por qué me metí en semejante problema?”.

Primero “el cómo”: Cuando la trama estuvo clara para mí, cuando supe, mejor dicho, que esta era la historia de un comentarista de radio opita, gordo, desplazado y mudo, que se empeña en matar a Andrés Escobar por haber hecho el autogol que sabemos, caí en cuenta de que, para cumplir la norma aquella de “sólo hablar de lo que uno sabe”, iba a tener que entrevistar a muchas personas en muchos lugares. Yo no tengo nada de periodista: mi trabajo de campo se reduce a ver películas, a leer los libros que me encuentro cuando la vida no me está cayendo encima y a indignarme por las cosas que pasan en el mundo. De verdad: no tengo el tipo de paciencia que requiere un reportero. Pero en este caso, para que mi personaje pudiera moverse impunemente por esos días de 1994, para reconstruir lo que había sucedido en esos días trágicos que nos gusta pensar que ya pasaron, no sólo tenía que hablar con comentaristas, con gordos, con opitas y con mudos, sino que debía encontrarme cara a cara con gente que hubiera estado en el lugar de los hechos.  Lo primero que hice fue irme una tarde al apartamento de Julio Nieto Bernal. Y él, que era esa persona trasparente que a toda hora tenía la radio encendida, el periódico abierto y el noticiero de televisión a punto de comenzar, me escribió en una libreta que todavía guardo en un cajón de mi escritorio una lista de personas a las que tenía que entrevistar.  

Y eso hice. Desayuné, tomé café, almorcé, tomé café y comí con una cantidad de personajes entrañables (compartí postres con locutores, futbolistas y periodistas que he admirado desde que me acuerdo) hasta que llegué a las siguientes conclusiones: primero, la gente come mucho; segundo, la gente es muy valiente; y tercero, la gente sí quiere saber lo que pasó.  

Viví escenas rarísimas mientras terminaba la investigación: una mañana, convencido por la editora de Rolling Stone, aparecí muerto del calor en el apartamento de El Pibe Valderrama en Barranquilla; una tarde, de la nada, recibí un e-mail de cuatro páginas de Francisco Maturana que además no era una pega; y una noche, como era el primer nombre en la lista de contactos de mi celular, le mandé a Adolfo “El Tren” Valencia, por equivocación, un par de mensajes de texto que terminaban con la despedida “muchos besos”: sobra decir que no volvió a contestarme las llamadas. El caso es que durante esas semanas de tantas comidas, que al final resultaron vitales para entender la gordura de mi protagonista, me extrañó más que cualquier otra cosa que todos los entrevistados me hablaran con tanta sinceridad: algunos me ayudaron a armar, en extensas conversaciones, la bitácora de lo que ocurrió en el deprimente mundial de Estados Unidos; otros me dieron la llave de archivos escalofriantes en todos los sentidos; unos más me explicaron qué tiene que pasar en la biografía de una persona para que pierda la voz; los de más confianza me respondieron una manada de preguntas vía e-mail, con muy pocas pistas a la mano, haciéndose los que conocían a mi personaje ficticio: Pepe Calderón Tovar. 

 El caso es que me dijeron tantas veces la verdad por esos días que acabé enfermándome. Y que me enteré de tantas cosas tristes, muchas más de las que me esperaba, que me costó volver a ver partidos de fútbol que no sucedieran en parques de barrio. Pero después de un tiempo, cansado de ese malestar al que uno puede llegar a acostumbrarse, logré escribir el libro que tenía en mente. Yo no tengo nada de editor: siempre estoy pensando, como esa gente que no para de mover el pie cuando está nerviosa, en la historia que quiero sentarme a contar. Así que, apenas terminé de redactar este libro, le entregué el manuscrito a un grupo de personas que en todos los sentidos me pusieron los puntos sobre las íes. Tanta gente me ayudó a corregir Autogol, entre mi familia, mis amigos y los periodistas que les digo, que, para no quedar en esta noche de fútbol, precisamente en esta noche de fútbol, como un ciclista que reconoce la generosidad de sus patrocinadores, y para dejar constancia, de paso, de que sé que conté con un comité asesor insuperable, tuve que inventarme una sección de “agradecimientos” al final de Fuera de lugar: por favor búsquense ahí cuando tengan un momento. 

Y déjenme explicarles, mientras tanto, qué es Fuera de lugar: la verdad es que, cuando le entregué a la queridísima Pilar Reyes el manuscrito de la novela, y le confesé, con cierto dolor, que había tenido que dejar por fuera un montón de los testimonios falsos que me habían mandado por e-mail, ella solita, sin presiones ni chantajes, me propuso que los usáramos todos para hacer un segundo libro: un libro aparte, a manera de documental, sobre el personaje de la novela. Y así fue. Yo me limité a hacerle caso. Pedí algunas declaraciones ficticias que me hacían falta. Y listo: dentro de Autogol, en un bolsillo de árbitro muy ingenioso, encontrarán ustedes, sin ningún costo adicional, un relato titulado Fuera de lugar que yo creo que no necesita al relato original para sobrevivir.  

Ahora que digo todo esto caigo en cuenta de una cosa: en ninguna otra editorial, sólo en Alfaguara, habrían jugado este juego tan extraño. Aún más: sólo ellos me habrían insistido en que llevara el juego a semejantes extremos. Mejor dicho: creo que lo justo es confesar que nunca me había sentido tan cómodo, tan apoyado y tan estimulado durante la edición de un libro. Carolina López es tan buena editora y tan buena persona que uno se da cuenta sin sentirse mal, y sin dejar de reírse, que estaba muy lejos de haber acabado el trabajo. Ana María Sánchez, que guió todo el proceso del diseño, y Santiago Mosquera, que se inventó semejantes portadas, se meten en cada libro como los actores se meten en sus personajes. Stella Cancino pone a marchar al grupo tal como me acordaba. Y Giuseppe Caputo, el jefe de prensa que es el alma de la familia, hace lo que no hace nadie más en nuestro mundo editorial, y no sólo me refiero a leerse los libros. 

Gracias a todos ellos, Autogol es, primero que todo, un objeto bonito: un libro que, por lo menos en términos de edición, se ha ganado el derecho de existir. Para mí lo que este equipo ha logrado es crear una caja de pasto que guarda una voz y un fantasma: una tumba que quiere que la abran. Pero de pronto es que llevo demasiado tiempo trabajando en esto.

 

Segundo “el por qué”: Tengo tres posibles respuestas a esa pregunta. La primera, que es la más confiable, no tiene discusión: me metí en semejante problema porque quise, porque en un momento dado, cuando supe en qué terminaba la historia, tuve muchas ganas de leer el libro, y porque sentí que conocía a mi personaje lo suficiente como para saber qué era lo peor que podía pasarle.  

La segunda respuesta también es verdad: desde que me acuerdo me han caído bien los comentaristas deportivos: no deja de sorprenderme que se inventen su propio personaje, que se hayan quedado en esa época políticamente incorrecta en la que se les podía picar el ojo a las porristas, que se entreguen a su oficio de lunes a domingo sin asomos de cansancio, que la gente los siga como sigue a ciertos pastores religiosos y que lleguen tan lejos a punta de lugares comunes. Pero lo que me gusta más, y lo digo, lo juro, sin ninguna ironía, es que usen las palabras como las usan: “el jugador colocó el balón donde el carpintero puso la escuadra”, “el árbitro le sacó acrílico hepático al defensa por haber cometido la falta cruenta”, “esta pequeña desinteligencia sólo lo prueba la ausencia de saltabilidad en el cuarto posterior”, “esas son el tipo de mañosidades que no contribuyen a la higiene visual del juego” o “la pelota se fue por encima del palo de mango”. Y me gusta de verdad que caigan en esa sabiduría sin contenido que produce frases como “las posibilidades de este partido son ganar, empatar o perder”, “el dos a cero es el marcador más peligroso”, “de los equipos de diez hombres, líbranos señor”, “los partidos se terminan hasta que se terminan” y “de no haber sido por el gol, el partido iría cero a cero”.   

La tercera respuesta no es mía sino de uno de los amigos que están en la sección de “agradecimientos” de Fuera de lugar: mi amigo me decía, el otro día, que su teoría es que desde que mataron “porque sí” a Andrés Escobar, desde que mataron, por haber hecho un autogol, a ese jugador de 27 años que no dejó de ser un buen hombre ni siquiera en la era más sórdida del fútbol colombiano, yo sentí una indignación que seguro se me habría pasado, se me habría desvanecido con el tiempo, si no me hubiera metido de cabeza en este libro: si no hubiera escrito esto, dice él, habría seguido viviendo con un grito atragantado: un grito vagabundo como el de Buitraguito.  Yo no sé si esa ira dormida es, en el fondo del fondo, la verdadera razón por la que escribí esta novela. Créanme que no lo sé. Pero sí sé que me gustaría mucho que lo fuera. Puedo decir que no deja de sorprenderme, de nuestra manera de sobrevivir, que pasemos la página sin haberla leído: la prueba de que no terminamos jamás de hacer los duelos es lo mucho que cuesta encontrarse la foto de Andrés Escobar en cualquier parte.  

Para caer en los lugares comunes en los que no quería caer, para probarles a todos que sé que no soy ni mejor ni peor que un comentarista deportivo, déjenme decirlo con metáforas futboleras: sé que me impresiona que, igual que Pepe Calderón Tovar, nunca digamos en voz alta que no estamos de acuerdo con que expulsen a alguien del partido porque sí; que nos enerva que los dirigentes entre comillas persuadan a los jugadores para que trabajen gratis como si su negocio fuera la trata de personas; que nos enferma ser esta hinchada que cree que jamás mete autogoles; que no vamos volver a decir “así es el fútbol” cuando pase algo horrendo en la cancha; y que nos revuelve el estómago que el equipo que va ganando por goleada –porque logró que las reglas sólo apliquen para el equipo contrario- soborne hasta a los jueces de línea para que le den un tercer tiempo. Sé que pienso todo eso. Sé que a veces me imagino al mapa de Colombia (por favor: piensen en el mapa) encogiéndose de hombros ante los peores horrores. Y sé que me encantaría que toda esta indignación me haya animado, más de lo que sé, a escribir Autogol.  

Pero no sé mucho más. Si acaso que llevo demasiado tiempo trabajando en esto. Y que me toca cerrar este libro ya, a esta hora, si de verdad quiero que los demás puedan abrirlo.  

Muchas gracias.