Autogol: retrato de un país en el que se mata y se muere por deporte

RETRATO DE UN PAÍS EN EL QUE SE MATA Y SE MUERE POR DEPORTE

En exactamente un mes saldrá al mercado Autogol, la sexta y más reciente novela de Ricardo Silva Romero. La obra, que en palabras del crítico literario y poeta Luis Fernando Afanador es “una catarsis de una tragedia colombiana”, será publicada por Alfaguara en el marco del 15 aniversario de la muerte del defensa de la selección colombiana de fútbol Andrés Escobar.

“Quería digerir el hecho de que hubieran matado a un jugador por haber cometido un error. No quería que pasara en vano”, asegura Silva a propósito de la próxima publicación de esta historia.


Bogotá, 2 de junio de 2009.- El próximo 2 de julio se cumplen 15 años del asesinato del futbolista antioqueño Andrés Escobar. Alfaguara publicará para esa fecha la sexta novela de Ricardo Silva Romero, crítico de cine de la revista Semana y columnista del diario El Tiempo. La obra se titula Autogol y trata la historia de un locutor deportivo que, luego de apostar todos sus ahorros al triunfo de la sección de Colombia en el Mundial de 1994, se queda mudo en el momento en que Andrés Escobar hace el autogol. Decide, pues, asesinarlo porque cree que la venganza será el único camino posible para poder recuperar su voz.

La obra, pues, no es solamente un libro sobre el que podríamos llamar “el mayor espectáculo del mundo” sino la ficción de un acontecimiento fatal que ocurrió en un país en el que se mata y se muere por deporte.

Vale la pena recordar que, en su momento, el Premio Nobel de Literatura José Saramago consignó la siguiente reflexión en sus Cuadernos de Lanzarote: "La humanidad (tú, él, nosotros, vosotros, ellos, yo) es, con perdón de la grosera palabra, una mierda. Sí, estoy pensando en los muertos de Ruanda, de Angola, de Bosnia, del Curdistán, de Sudán, de Brasil, de todas partes, montañas de muertos, muertos de hambre, muertos de miseria, muertos fusilados, degollados, quemados, despedazados, muertos, muertos, muertos. ¿Cuántos millones de personas habrán acabado así en este maldito siglo que está a punto de acabar? (Digo maldito, y fue en él en el que nací y vivo…) Por favor, que alguien me haga estas cuentas, denme un número que sirva para medir, sólo aproximadamente, bien lo sé, la estupidez y la maldad humana. Y ya que están con la mano en la calculadora, no se olviden de incluir en la cuenta a un hombre de veintisiete años, de profesión jugador de fútbol, llamado Andrés Escobar, colombiano, asesinado a tiros y a sangre fría, en la célebre ciudad de Medellín, por haber metido un gol en su propia portería durante un juego del campeonato del mundo…"

Empiece a leer la manera como Ricardo Silva Romero narra en su más reciente novela el momento en el que Andrés Escobar mete el autogol en el partido Colombia – Estados Unidos del Mundial de 1994:

Herido en su amor propio por lo que estaba sucediendo en la cancha, muerto del calor por culpa de esa terquedad que no le dejaba quitarse el saco cuello de tortuga, describió a la selección de los primeros diez minutos como “una horda de futbolistas que no sabe por dónde empezar a perder”. De inmediato, en el intento de no ser un simple hincha burlado, rescató el trabajo “riguroso, ordenancista, dúctil” de Andrés Escobar en la parte posterior. E insistió en que la clave era lo que había dicho yo: que tuvieran pegada a los pies “la pecosa, la redonda, la esférica, la gordita”. Pero unos minutos más tarde se sintió forzado a gritar que el equipo era “cien por ciento transpiración, cero inspiración” porque el balón sólo rozó una vez al arco de los Estados Unidos y los pases no llegaron nunca al jugador que tenían que llegar.

Y así, aterrado en vivo y en directo por lo que estaba pasando, fue testigo en el minuto 33 de la primera parte de cómo el mediocampista John Harkes se descolgó por la franja izquierda del campo en un contraataque que ningún defensa pudo controlar, hizo una pausa de mucho menos de un segundo y lanzó el balón a ras de tierra hacia el área colombiana en el intento de dar con el volante moreno Earnie Stewart, y entonces se deslizó el zaguero Andrés Escobar Saldarriaga, en su carrera sacrificada para cortar ese centro peligroso, y en vez de botar el balón a cualquier parte tuvo la desgracia de meterlo dentro de su propia cancha. El arquero Óscar Córdoba se fue hacia atrás, vuelto una curva, como si le hubieran hecho un atentado. Y los gringos se fueron hacia su territorio a celebrar el gol más importante de su historia.

“No quiero hablar de eso”, me dijo Córdoba unos días después, “no creo que ninguno de nosotros entendiera bien qué estaba pasando en ese momento”.

Sé hoy, doce años después, que Escobar no lo hizo a propósito. Sé ahora que él, precisamente él entre todos los jugadores, habría sido incapaz de vender un partido. Tendría que haber sabido esas dos verdades de a puño cuando vi la repetición del autogol que acababa de hacer en las pantallas gigantes del Rose Bowl. Y sin embargo yo, Pepe Calderón Tovar, que desde niño había logrado contener la desazón que produce la vida cada vez que puede, que cada noche lograba pensar “mañana es otro día” a pesar de que cada día es el mismo, me envenené con mi propia ira (mi papá habría dicho “me desaforé”) hasta pensar “eras el último que faltaba”. No blasfemé ni declaré “vida hijueputa” al aire. No me moví ni manoteé porque tenía las axilas estrujadas para que el sudor no me siguiera rodando por los brazos. Apreté los ojos ante la imagen de ese error fatal como un miope que no alcanza a ver quién es esa persona que viene a lo lejos.

Oí que alguien me decía “Pepe: a ese desgraciado lo van a matar”. Y que otro se afanaba a responderle “no matan a nadie por eso”.

Y de inmediato, convertido de un golpe en el hombre que tenía escondido dentro de mí desde que fui un niño arrimado, pensé “pero alguien tendría que matarlo”.

Ricardo Silva Romero asegura que su amor por el fútbol compite con su amor por el cine, que es verdadero y no pide nada a cambio. Nació en Bogotá en agosto de 1975. Es el autor de las novelas Relato de Navidad en La Gran Vía (Alfaguara, 2001), Tic (2003), Parece que va a llover (2005), El hombre de los mil nombres (2006) y En orden de estatura (2007). También escribió la obra de teatro Podéis ir en paz (1998), el libro de cuentos Sobre la tela de una araña (1999) y el poemario Terranía (2004). Es comentarista de cine de Semana desde agosto del 2000, y colaborador de SoHo, Arcadia y El Tiempo. En abril del 2007 fue elegido por la organización del Hay Festival como uno de los 39 escritores menores de 39 años más importantes de Latinoamérica.