Bogotá en febrero

Bogotá en febrero parece una ciudad recién hecha, una maqueta que comienza a ser habitada minuto por minuto. Resulta evidente que todo ha vuelto a empezar, que caeremos en los mismos lugares comunes de siempre en el mismo orden de siempre. Las calles desiertas de enero, tan soleadas, tan pacíficas como un colegio a las seis de la tarde, se han convertido ahora, en febrero, en el lugar de los hombres de afán, los viejos buses medio vacíos y las multitudes que se prometen en silencio que este sí será el mejor año de sus vidas. Es febrero: los maniquíes en las vitrinas vuelven a vestirse, los adornos de navidad desaparecen –por fin- de las fachadas de los edificios, los almacenes de los centros comerciales se deshacen, a punta de rebajas, de todo lo que nadie quiso comprarles en diciembre.

Febrero nunca pasa en vano en Bogotá. Quizás César Rincón, rejuvenecido, aparezca el primer domingo del mes en la arena de la plaza de toros: lo rodearán, sin falta, las miradas de los expertos, los gritos de las masas, las frases sueltas de los bogotanos esnobs (he ahí, bajo sus cuellos, los foulard llenos de flores) que tratan de explicarles lo que está pasando a las atractivas presentadoras de farándula. Tal vez aparecerá en el estadio de fútbol, como el año pasado, algún rockero inolvidable. Y tal vez Millonarios nos torture un poco menos. Los colegios de calendarios de antes, utopías necesarias, no dejarán de abrir sus puertas convencidos (¿quién podría pensar lo contrario?) de que los alumnos entrarán a los salones dispuestos a aprender: miren esos cuadernos sin abrir, esos lápices sin tajar, esos estudiantes nuevos sin apodar, esos pupitres sin tallar, esos esperanzadores libros con las páginas completas. Las instituciones gubernamentales no tendrán más excusas a la mano: tendrán que atendernos. Las empresas se acomodarán despacio, como la tierra bajo las ciudades, a la ausencia del señor gerente, a la presencia del nuevo mensajero. Los oficinistas, héroes épicos de las multinacionales, volverán a vivir en el presente. Quedarán atrás las vacaciones y la esperanza de las vacaciones por venir.

Habrá que llegar temprano siempre que uno quiera ir a cine. Y todos querremos ir cuando nos enteremos de que están dando las películas nominadas al Óscar: ante esos largometrajes de todos los países, de todos los géneros, tendremos la sensación de que el mundo está lleno de producciones maravillosas. Sí, febrero tiene mucho de ilusión: esa es su gracia. Pronto tendremos que soportar los largometrajes de más largo metraje, las tonterías deformes producidas con un menospreciado público en mente. Ya vendrá todo lo inútil, todo lo malo. Pero podremos pensar que no en febrero. ¿Y en marzo?, ¿qué haremos en marzo? Qué importa. Ya veremos. Lo más probable es que empecemos a soñar con la Semana Santa. Y que nos demos cuenta de lo felices que fuimos en febrero. Por lo pronto quedémonos acá, en este mes, el mes redondo al que sólo le sobra un día cada cuatro años.        

Febrero: fue el emperador Julio César, experto en medir distancias, quien nos llevó hasta ese nombre tan extraño. Quería romper con la tradición de no bautizar a las semanas de invierno, serle un poco más fiel al paso del tiempo y conmemorar un festival de la purificación llamado "februa". Resulta curioso, por decir lo menos, que aún sea eso lo que celebramos cuando cruzamos el segundo mes del año: que, contra todos los pronósticos, contra todas las lógicas que le dan forma a este mundo, hemos vuelto a digerir las experiencias del pasado, hemos recobrado una vez más las ganas de ver a los demás, hemos corregido en nuestra memoria, igual que siempre, los malos momentos que nos caen de la nada.