Angel Marcel escribe

Sigo leyendo sonetos de Angel Marcel. Yo no sé. A mi cada vez me parecen mejores. Y estoy listo a revelar los que me deje revelar. Siempre me ha gustado, de sus poemas, que tienen algo de advertencia. Que podrían decirle a uno "se lo dije".

Un resplandor de cera te sofoca

Ave en pena serás, cometa loca,
pájaro a la deriva sin el Nilo
que al África te amarre, sin el hilo
que sujete tus naves a la roca.

Un resplandor de cera te sofoca
contra el cielo de un Ícaro tranquilo,
pura ceniza de ángel sobre el filo
de un mundo hecho pasión. El sol te invoca

del llano al mar y de la mar al monte,
del monte a los afanes de la sierra
en un viaje de fuego y sin escalas.

Amor sin centro, amor sin horizonte,
duro el golpe será contra la tierra
si en el vuelo prescindes de tus alas.


El lucero en su gesto se congela

No hemos de ser nosotros los que, en vano,
demos nombre de lirio a  la azucena;
ella cierra los ojos porque estrena
una rosa dormida entre su mano.

Ella, de luna en luna, y más temprano
va apagando el clamor de nuestra pena;
baja de rosa en rosa a la serena
plenitud del invierno y del verano.

No hemos de ser nosotros los que, en vela,
demos cuerda a los potros de la ira;
no hemos de despedirla noche adentro,

que el lucero en su gesto se congela,
pues al decirle adiós ella nos mira
con ojos que prometen otro encuentro.

 

Soy en este poema tu elegido

Una vez más has sido la elegida,
puesto que tú primero me elegiste;
entre la luna llena y el mar triste,
con la luna te quedas y afligida.

Con la luna de sal, tu preferida,
en un lago de flores te perdiste;
y no hay rastro de azar que me despiste
si he de hallarte en mis párpados dormida.

Una vez más me eliges tu afligido.
Entre el sueño y la huella y el vestigio,
soy en este poema tu elegido.

Entre la rosa oculta y el lucero,
una vez más escoges el prodigio
de la estrella que se abre en el florero.


Él, que amaba el nogal y amaba el río

Él, que amaba el nogal y amaba el río
(al río, porque baja de las ramas,
al árbol, porque al Nilo sube en llamas),
imaginó un proyecto de navío.

Una nave fragante de albedrío,
mucho más tallo y flor que las retamas,
nogal que se hace luz en las escamas
del pez luna que nada en el vacío.

"Hagamos –dijo– el mundo a semejanza
de un bosque de agua, hagámoslo al estilo
del que el amor del cántaro ha creado."

Pero al dar realidad a su esperanza,
vio que no estaba el mar ni estaba el Nilo,
ni siquiera el nogal que había sembrado.